A cielo descubierto
Lugar: Terrenos de Hogwarts
Personajes: Reese Macnavin (libre)
El otoño había llegado hacía un par de semanas ya, pero esta mañana la temperatura era más veraniega que otoñal. Se había asomado por la ventana y el calor de la mañana lo llamó a desempolvar su ropa deportiva de verano y salir a correr. En el castillo, colegas y alumnos lo miraron raro por estar usando solo una musculosa y un par de shorts, pero Reese simplemente siguió su camino sin importarle el qué dirán. "¿Nunca habían visto tales bíceps y gemelos en su vida?" se preguntaba soberbio.
La rutina la hizo intensa y sin pausas, y ahora se merecía un buen descanso bajo el sol. Rellenó mágicamente su botella de agua, se acercó a uno de los bancos cercanos al establo, y sobre él se recostó para descansar. Era domingo y supuso que nadie andaría por los terrenos tan temprano en la mañana como para molestarlo.

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Si fuese por ella, ese domingo habría dormido hasta que el hambre la despertara. Pero tenía que madrugar por temas laborales. Tenía las llaves del invernadero 5 dónde dejó unos brotes de Belladonna regados con una poción especial. Tenía que cortarlos y llevarlos temprano. Luego del mediodía, no serían útiles.
Salió del invernadero con sus brotes ya listos, a salvo dentro de una caja de madera de ébano. Tenía tierra debajo de las uñas y en el puente de la nariz, pero no le importaba. Caminaba de vuelta al castillo con cansancio y ganas de un buen desayuno.
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Las hojas secas dispersas por todos lados revelarían a cualquiera que estuviera cerca. Afortunadamente tuvo unos 15 minutos de pleno silencio, pero luego las oyó crujir bajó los pies de alguien. Las hojas del otoño siempre habían sido una buena alarma para evitar imprevistos. Se preguntó de quién se podría tratar, pero si se levantaba para descubrirlo rompería con clara postura de 'déjenme en paz', echado y con los ojos cerrados.
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"Oh, es cierto. Aunque eso nunca logró que madrugara para los entrenamientos de mi equipo de Quidditch" aceptó, dando unos pasos perezosos hacia el castillo. Debía esperarlo, ya que iba a unírsele. Tal vez podría compartir la carga social cuando se sentara en su lugar de siempre, frente a Lex, y obligarlo a compartir la charla con Reese y sus bíceps.
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Lo suficiente como para sentir como poco el halago de él, pero no tanto como para quitarle la costumbre de hablar sin taputos de su edad. "Y, yo estoy en mis 34 años ya. Tú tienes que tener al menos siete años menos que yo, y aún así, un colega" muy bien hablaba de Macnavin que hubiera llegado tan lejos con tan pocos años encima. Y no era un profesor novato según ella sabía.
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El comentario sobre la diferencia de edad era un juego macabro al que le encantaba jugar. La mayoría de sus presas fueron más grandes que él, y a todas les dijo lo mismo. Ahora le tocaba a su colega, aunque se reservara el coqueteo para fuera del castillo. "Pues, la edad no importa cuando la pasión es la suficiente" por enseñar, claro.
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