Sir Luke Babington (
sir_luke) wrote in
somosmuggles2013-11-20 05:52 pm
Fanfics aquí!
Hallo, gente! Vuestro fantasma favorito ha llegado aquí para proponer un thread de fan fics! Sé que muchos de nosotros escribimos cuentos, historias, etc con nuestros personajes o con otros. Pues... compártanlas aquí :)

El fin de la historia
Por cosas de la vida no los seguimos jugando, por lo que decidimos que para cerrar su historia alguien debía escribir el fin. Yo lo hice. ¡Adiós, Rachel McArthy! ¡Adiós, Jeffrey Stanley!
Espero les guste.
Luego de aquél encuentro en el Callejón, Rachel había pasado a ser un pensamiento recurrente. No es que antes no se hubiese acordado de ella, pero había decidido por sanidad mental que era mejor intentar olvidarla, como si nunca hubiese pasado algo entre ellos. Ni siquiera una amistad. Después de todo, sabía que lo de ellos no poseía solución alguna; ¿cómo hacer cambiar ideologías, concepciones, sentimientos que habían estado por siglos presentes y que se habían traspasado generación tras generación? Tenía la batalla perdida incluso antes de comenzarla, y por mucho que Rachel no pensara como su familia, no iba a funcionar. Ella nunca se enfrentaría a su gente, y si lo hacía, no terminaría nada bien. Y, ¿quién era él para alejarla y enemistarla con quienes le habían otorgado la vida? No estaba seguro de poder vivir con esa culpa. Por otro lado, su sangre no cambiaría, por mucho que lo deseara para poder encajar en lo que los McArthy creían mejor para su hija.
Tiempo atrás, habían acabado su relación por todo ello, y Jeff sabía que intentarlo de nuevo no era una opción. La familia de Rae no cambiaría, y su sangre siempre sería sucia. Pero la mente a veces juega malas pasadas, y aunque él sabía que debía olvidarla, verla en el Callejón le recordó a ella en todo su esplendor. Desde entonces, no hubo día en el que no pensara en ella.
Pero siguió con su vida. Trabajó en San Mungo preparando antídotos cada mañana, y en la tienda del amigo de su padre en el Callejón Diagon cada tarde. Finalmente un día un hombre pelirrojo, de prominente bigote y de lentes con gran marco negro llegó a la tienda. Le preguntó a Jeff por los ingredientes de prácticamente todas las pócimas de la tienda y su modo de hacerlas. Cuando se decidió por una, al momento de pagarla en vez de unos galeones le entregó un documento que lo invitaba a estudiar becado a un postgrado en Brasil.
Estuvo ahí cuatro años, estudiando nuevas técnicas con las tribus del Amazonas. Conoció una chica con la cual emprendió una investigación que le permitió crear un antídoto para el resfrío común, que vio la luz dos años después. Llegó a prácticamente todos los hospitales mágicos, incluido San Mungo. El Ministerio de Magia inglés decidió premiarlo con una distinción, y apareció en el Profeta y en el Quisquilloso como la gran promesa de las pociones. De la Escuela de Magia Brasileña le ofrecieron el puesto de profesor, que aceptó sin pensarlo dos veces.
A los treinta y cinco, se dejó crecer el bigote. Tanta lectura y exposición a los gases de las pociones le afectó la vista, por lo que tuvo que comenzar a usar gafas. Cada vez que se veía en el espejo su reflejo le mostraba el de un hombre entrando a la madurez, y los años de trabajo como profesor le hizo acostumbrarse a una vestimenta formal que le daba un aspecto de académico.
Un día, decidió que era momento de volver a su tierra natal, pero su novia no quería dejar Brasil, por lo que optaron por terminar. Ella no creía en el amor a larga distancia, y él... no estaba seguro de que funcionara.
En Inglaterra, le ofrecieron el puesto de gerente del laboratorio de San Mungo. Con el dinero ganado le compró la tienda al amigo de su padre, le arrendó una casa a su madre en Escocia y se comprometió a costear la educación de su hermana, que crecía en la barriga de la nueva esposa de su padre.
Un día, compró el Profeta y vio que en la primera plana, bajo el título "A Azkaban los altos funcionarios del Ministerio de Magia que fueron acusados de irregularidades", sonriendo ante los flashes que la cegaban, se encontraba la que llamaban "abogada del siglo".
"La señorita McArthy, que no le teme a los poderosos, lo hizo de nuevo. Logró ganar el juicio que para todos parecía imposible. Arthur Goldstein, Sebastian White y Ferdinand Rogers, aurores que se desempeñaban desde hace años como jefes de los desmemorizadores, fueron condenados a prisión luego que se comprobara que habían enviado a desmorizar a personas que no lo requerían para usar esto para sus propios fines, y que luego de obligar a sus subordinados a hacerlo, los desmemorizaran a ellos para que no los delatarán. La señorita McArthy, que es la jefa del bufete de abogados 'Dínamo', reunió durante un año evidencia que pudiese incriminar a los...".
La noticia seguía, pero Jeff dejó el periódico a un lado. A menudo se preguntaba en qué andaría Rachel, y si había logrado hacer su vida con otro hombre. Pero el "señorita" le decía que al menos no estaba casada.
Se colocó el abrigo, pues afuera nevaba, y se apareció en medio de un callejón. Miró a su alrededor y vio una tienda que poseía un viejo y oxidado cartel que decía "Podología Doña Helena". Bajo él una pizarra tenía escrito con tiza "Atendemos todo el día, hay especialistas para cara caso (hongos, resequedad, cayos, etc). Si usted presenta tanto sabañones, como hongos y suciedad en las uñas al mismo tiempo, consulte por la máquina Dínamo para quitarlos".
Jeff ingresó a la tienda, donde una anciana le dio la bienvenida. "Quiero la máquina Dínamo" dijo. La mujer afirmó en silencio mientras los clientes le daban una incómoda mirada que hizo que sus mejillas se encendieran. La anciana lo llevó a un segundo piso, en donde había una puerta. Una vez ahí sacó una varita, pronunció un hechizo y abrió la puerta. Adentro había un salón por lo menos seis veces más grande que la tienda, y una serie de puertas cerradas. Una joven bruja le dio la bienvenida y lo invitó a pasar, lo que hizo rápidamente, cerrando la puerta tras él.
-Espero no le incomode mi pregunta –le dijo–. Pero, ¿no es usted el Doctor Stanley?
A Jeff nunca le había agradado que le dijeran así, a pesar de que en Brasil había sacado un doctorado. Aún así, sonrió cordialmente.
–Sí, soy yo.
–Por Merlín, ¿tiene algún problema con alguna de sus pociones? ¿O es algo con San Mungo?
–No, no es nada de eso. Me gustaría hablar con la abogada McArthy.
La bruja sacudió la cabeza con suavidad.
–Oh, no creo que eso sea posible. Ella está bastante ocupada con el caso de los aurores desmemorizadores. Ha estado prácticamente todo el día en su despacho respondiendo a preguntas de periodistas que la han llamado. Pero cuénteme su problema y algún otro abogado de Dínamo podrá ayudarlo.
–No, usted no comprende. Rachel y yo... Perdón, la abogada McArthy y yo somos viejos conocidos. Quisiera hablar una pequeña cosa con ella.
La bruja pareció incómoda, por ello fue que Jeff continuó:
–Está bien, está ocupada, lo entiendo. ¿Puede al menos decirle que estuve aquí?
–Por supuesto –respondió la mujer mientras sacaba una pluma–. ¿Le dejo algún recado?
–No, no, solo que estuve aquí.
–Está bien, le diré que el Dr. Stanley vino a verla.
–No, no, solo dígale que Jeff estuvo aquí.
Cuando volvió a su casa, solo podía pensar en que había sido un idiota. ¿Por qué había ido ahí? ¿Qué esperaba? ¿Qué quería lograr?
Pasaron dos días antes de que una lechuza llegara a San Mungo. Una de sus asistentes del laboratorio le informó que una carta para él había arribado a la lechucería. Cuando la abrió, reconoció la letra como si ningún año hubiese pasado desde la última vez que la había visto. La leyó con una excitación y expectación que no sentía desde los veinte años y aunque era corta, tuvo que releerla unas tres veces para procesarla.
"Tanya debería haberte hecho pasar a mi oficina ese día, por muy ocupada que hubiese estado. Lo siento.
Te vi en la portada de varios diarios hace unos años, es una buena pócima, yo misma la he probado cuando me he resfriado. Te felicito por ella.
Pensé que no volverías jamás de Brasil. Pero lo hiciste. Después de tantos años, ¿qué te hizo volver? ¿Y qué te hizo buscarme?
Tengo un caso en Irlanda. Me iré una temporada hacia allá en una semana. Podríamos ir por un café antes de que eso.
Besos,
Rae".
Jeff respondió de inmediato.
"Las Tres Escobas. Martes a las 5".
No recibió confirmación, pero aún así fue. Llegó a las 4:30, pidió hidromiel y se tomó dos vasos antes de que fueran las 5. A las 4:59 Rachel entró.
Tiempo después, no la culparía por no haberlo reconocido. Después de todo, no parecía el mismo. Rachel lo buscó con la mirada y pasó junto a él sin verlo. Miró la hora y vio que había llegado demasiado puntal. Pensó que tal vez no había llegado, o que quizás se había arrepentido y no iría. Entonces una decepción enorme la invadió, y antes de arriesgarse a ponerse a llorar en ese lugar, decidió salir. Giró sobre sus talones y emprendió el rumbo hacia la puerta, pero súbitamente alguien le agarró el abrigo. Miró hacia atrás y fue en ese momento en el que lo reconoció.
–¿Jeff? –preguntó, sorprendida.
Jeff sonrió levemente. Solo sus padres le llamaban así en ese minuto. Para el resto, era el profesor Stanley, el Doctor Stanley o para quienes eran un poco más cercanos, Jeffrey. Le invitó a sentarse junto a él y le pidió que le contara de ella.
Rachel no se hizo de rogar, y le contó sobre su éxito profesional. Le comunicó además que estaba viviendo en el Valle de Godric y que a su familia la veía rara vez. Su padre estaba viejo y enfermo, pero a pesar de ello seguía siendo el hombre fuerte de la casa. Sus ideales seguían intactos, pero ya no tenía a muchos a quienes profesárselos. Su madre lo había abandonado un día, cansada de todo, y se había ido lejos, pero nadie sabía a dónde. De vez en cuando le enviaba lechuzas a Rachel, pero nunca le daba pistas de dónde podía estar. Su abuela vivía con ella, en paz, pero estaba vieja y muy pocas veces salía de casa. Jeff, mientras la escuchaba hablar, se dio cuenta de que esa Rachel que estaba frente a él, que se enfrentaba a poderosos magos en juicios, que defendía a los humildes, a los desprotegidos, que comandaba a un grupo de excelentes abogados, era una Rachel que le gustaba incluso más que la niña que había conocido cuando joven.
–¿Y qué es de ti? –preguntó Rachel repentinamente–. Lo último que supe de ti fue que estabas en Brasil, que habías inventado una pócima revolucionaria y que el Ministerio de Magia te pretendía premiar mago del año. Vamos, cuéntame qué ha pasado contigo todos estos años.
Jeff dudó. Podía comenzar desde el principio, desde que el Director de la Academia de Pociones de Brasil había ido hasta la tienda del Callejón a ofrecerle una beca de estudios, o podía contarle lo que había ocurrido luego del antídoto que había inventado. O tal vez era mejor contar de su experiencia como profesor, o de su retorno a Inglaterra. Quizás lo más importante de relatar era su trabajo como gerente del laboratorio de San Mungo, o del día en el que la había visto en la portada del Profeta. Tal vez, lo más importante de su vida había sido reencontrarla.
–Mi sangre sigue siendo sucia, pero soy ahora un mago reconocido, con postgrado, con un invento revolucionario, con un premio otorgado por el Ministerio, con una tienda de mi propiedad en el Callejón Diagon, con experiencia docente, con un trabajo como gerente del laboratorio de San Mungo, con dinero –comenzó a decir–. No obstante, no importa lo alto que llegue, nunca será suficiente. Siempre seré sangre sucia.
Rachel levantó una ceja, sin saber bien qué quería decir Jeff con todo eso, ni cómo debía reaccionar. Pero Jeffrey continuó:
–Sin embargo, ahora las cosas son distintas. Eres una mujer independiente, exitosa. Ya no eres una niña, tus decisiones ahora dependen de ti, y no de tu familia. Y creo que si no es ahora, ya no será más. Han pasado muchos años, y nunca me he olvidado de ti. Pero si pasan más, entonces tendré que inventar una pócima que definitivamente me ayude a olvidarme de ti. Porque nuestro tiempo ya habrá pasado.
Rachel lo miró fijamente, preguntándose qué había pasado con el Jeff que había conocido. Pues ese hombre de bigotes, gafas y ropa formal, no hablaba como lo había hecho alguna vez Jeffrey Stanley. Este Jeff le quitaba el habla, le hacia temblar las piernas y las manos y le impedía pensar con claridad.
–Rae –siguió Jeff, y súbitamente le tomó una mano que había dejado sobre la mesa–. Yo te amé cuando éramos estudiantes, te amé cuando terminamos y te amé mientras estuvimos lejos. Hoy te miro y sé que lo sigo haciendo. Sé que para una abogada como tú esto puede ser ridículo o precipitado, pero no lo es para mí. Ha pasado mucho tiempo y ya no pasará más. Así que lo diré de una vez, ¿te casarías conmigo?
Rachel sintió que todo aquello no tenía sentido alguno. ¿Era un sueño? Dio un rápido vistazo a su alrededor antes de volver a los ojos azules y expectantes de Jeff. No, todo parecía muy real. Pero, ¿cómo podía estar sucediendo? ¿Cómo un chico al que había amado ese día llegaba, después de años, convertido en un hombre, le confesaba su amor por ella y le hacía una propuesta como aquella?
Colocó la otra mano sobre la de Jeff, que aún aferraba la suya. Lo miró con tristeza antes de dar una respuesta. Pero esa tristeza era por el tiempo perdido, por todos los años que tuvieron que estar lejos por una estúpida ideología. Por todo el tiempo en el que no se atrevió o no tuvo la fuerza suficiente para enfrentar a su familia y luchar por lo que quería y le hacía feliz.
–Es una locura –dijo con suavidad–. Prácticamente no sé quién eres, ni siquiera te reconocí al entrar. Ha pasado más de una década...
–Lo sé –murmuró Jeff–. Y lo entiendo. Tal vez ya es muy tarde para nosotros –quitó su mano de las de ella, la llevó a su bolsillo y sacó un par de monedas para pagar los tragos que había tomado. Entonces se puso de pie y dijo: –Hasta luego, Rae. Fue agradable volver a verte y saber que estás bien.
Rachel no respondió. Tenía un nudo en la garganta. Lo vio colocarse el abrigo y caminar hacia la salida. Afuera caía aguanieve, por lo que Jeff abrió el paraguas para no mojarse. Cerró la puerta y no miró atrás. Comenzó a caminar hacia el traslador para irse a casa. No tenía ganas de aparecerse.
Cuando desapareció de su campo de visión, Rachel se puso de pie. De repente, cayó en la cuenta de que una vez más no estaba siendo lo suficientemente valiente. Jeff, en cambio, lo había sido. No lo pensó más, corrió entre las mesas, salió a la interperie y lo buscó. Solo se había alejado unos cuantos metros. Corrió una vez más, sin importarle la nieve y la lluvia, y cuando estaba por alcanzarlo gritó:
–¡Jeff, espera!
Jeff se detuvo y volteó. La miró seriamente con extrañeza y preguntó:
–¿Qué?
Rachel no respondió. Siguió corriendo y cuando llegó hasta él le lanzó los brazos al cuello y le dio un sorpresivo beso. De repente, no le importaba su reputación y si alguien los estaba viendo. Solo quería que no desapareciera una vez más de su vida. Los bigotes de Jeff le hacían cosquillas, pero no le importó. Hizo durar el beso tanto como pudo, como si así pudiese compensar los años perdidos. Jeff llevó el paraguas sobre su cabeza para que no siguiera mojándose y la abrazó. Ni ellos saben cuántos minutos pasaron. Cuando finalmente Rachel se alejó solo fue para decir:
–Sí.
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