Siete días de relax
Tara había logrado lo impensable; que Nigel padre pusiera más dinero en la boda de su hijo. Fue todo muy simple a decir verdad; bastaba dejar que Cora alardeara sobre el viaje que hizo con su marido antes de que su matrimonio arreglado fuera un hecho, y hacerlo lucir como un tacaño por no ofrecerle eso mismo a su heredero desheredado. Ella orquestó todo tan rápido que Mel ni siquiera pudo tener opinión en si ese viaje sería bueno o no, o a dónde los llevarían: El translador hacia las Islas Canarias estuvo listo en pocos días.
Nigel estaba agradecido y aterrorizado en ambas partes: por un lado el fin de sus estudios y el inicio de su empleo como Auror de tiempo completo le habían dado los días libres. Por otro lado, no sabía qué esperar de ese tiempo a solas con Sophie.
Con Astor en brazos y un baúl a sus pies, esperaba que Sophie apareciera en ese lugar descampado para tomar el translador juntos.

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Hacía tanto tiempo que los demás decidían cosas por ella que a Sophie no le llamó la atención en lo más mínimo el que también dispusieran cuándo sacarla de la ciudad ni a dónde enviarla, agradeciendo que al menos hubieran tenido la decencia de avisarle con la anticipación suficiente como para que sus clientas estuvieran sobre aviso. Por fortuna ninguno de sus eventos estaba próximo, o estaba segura que habrían surgido los problemas. Más problemas. Se permitió lanzar un suspiro hondo, aprovechando la intimidad de su cuarto, antes de cerrar el baúl con todo su equipaje. Sabía que acarreaba más cosas de las que podría usar aunque se quedaran todo un mes, pero ninguna hija de Melinda Sohier estaría corta de vestimenta cuando no costaba absolutamente nada extra el llevar una maleta bien completa gracias a la magia.
Una vez que todo estuvo en su sitio se volvió a observar el vestidor -prácticamente vacío de no ser por la absurda cantidad de túnicas de gala que colgaban hacia una de las esquinas en perfecto orden- y se dijo a si misma que bien podría parecer que estaba a punto de mudarse si no fuera porque quedaban en su cuarto gran parte de sus efectos personales. -¿Cuán malo puede ser esto?- fue su último pensamiento antes de abandonar la habitación con su baúl levitando delante. Merlín sabía que necesitaba un respiro, quizás una semana en la plaza fuera exactamente lo que le hacía falta. Bueno, no exactamente, pero al menos un buen comienzo... De haber estado más animada, quizás habría brindado por ello.
A solas, se apareció en el lugar que les habían indicado y buscó a los demás pasajeros con la mirada. Allí estaba Nigel, su silueta era inconfundible, y en silencio comenzó a caminar hacia él. Perdón, ellos. Los maullidos familiares de Astor le robaron una sonrisa suave.
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Nigel se giró y Astor estiró las patitas superiores hacia su novia, esperando que a la distancia suficiente, ella lo recibiera. El gato ya estaba viejo para saltar de los brazos de su humano. Pero era como los buenos vinos, por supuesto. Su humano sonrió con nervios, aunque sinceramente. Ver sonreír a Sophie siempre causaba algún eco en su propia expresión. Tal vez estos días aislados de sus familias serían positivos. "¿Lista para ver cuán rosado puedo ponerme?" sabía que no se broncearía para nada.